LES RECOMIENDO TRABAJAR SOBRE ESTE TEXTO Y LAS PREGUNTAS CORRESPONDIENTES, AL ESTILO DEL PRIMER TRABAJO PRACTICO EVALUABLE, QUE REALIZARAN, INDIVIDUALMENTE EN HORARIO DE CLASES, EL DIA 5 DE SEPTIEMBRE.
SERA MUY UTIL, COMO PREPARACION, REALIZARLO COMO EJERCICIO.
Comunicación y
Trabajo Social
Territorio bajo
bandera
Por
Gabriel Giorgi
Especial. La
Voz del Interior. Diciembre 9, 2001.
(Gabriel
Giorgi es oriundo de Carlos Paz, Córdoba)
- Lea cuidadosamente el siguiente texto y elaboré al menos cuatro hipótesis sobre los sentidos que puede producir el siguiente texto. Fundamente con argumentos fundados la razonabilidad de cada hipótesis.
- Ubique al menos un caso donde pueda demostrar y explicar la producción de una codificación distinta a la decodificación de un discurso.
- Realice una hipótesis, fundada, sobre el gorro que porta el señor originario de Yemen que atiende un almacén (grocery).
- Elabore una hipótesis fundada sobre la siguiente parte del texto: “La ambivalencia alrededor de la nación y las nacionalidad (...)”
- Explique que operación analítica realizó para inferir las hipótesis (cómo se infieren hipótesis sobre el sentido)
- Relacione la crónica con la cultura como “sistema significante” de acuerdo al planteo de Raymond Williams.
- Elabore una reflexión sobre las “identidades” considerando el texto analizado.
- Haga un listado completo de todos los soportes materiales de sentido que aparecen en el artículo que no sean verbales.
Nueva
York. Aproximadamente desde el comienzo de los bombardeos sobre el territorio
afgano, el New York Times consigna una información ciertamente enigmática:
añade, junto al reporte meteorológico de Estados Unidos, el de Afganistán. Los
dos mapitas –atravesados por ondas coloreadas de frío y de calor– flotan uno al
lado del otro en la página, como piezas perdidas de un rompecabezas.
Qué
raro interés, cabe preguntarse, movería a un lector, que apenas si sabe de la
existencia de ese país, a preocuparse por los azares de esa naturaleza, tan
lejana. ¿A quién le importa? Curiosamente, a todos: el mapa afgano forma parte
de la imaginación bélica de estos días, de una geografía organizada desde la
guerra.
La
nitidez de los dos mapas funciona, creo, como el revés de la incertidumbre que
siguió al 11 de setiembre: terroristas que salen de la nada –de esa nada a la
que la ignorancia sancionada los había destinado–, sin reclamos específicos,
como una ficción que se deposita inexorablemente sobre toda realidad futura.
Los mapas proveen un escenario y un contorno, una imagen y un modo de
inteligibilidad; son un material, entre tantos, de la “vida diaria” de un
enfrentamiento incierto –no las bombas, o los muertos, sino un clima y un
territorio que cristaliza “la guerra”.
El
hecho de que esa información aparezca en un diario masivo demuestra también
cuán profundamente el discurso de la guerra se afincó en la esfera pública;
cómo, desde su agujero negro de la historia, el territorio afgano entró en una
simultaneidad imaginaria, en un mismo tiempo y un mismo presente –el clima– del
que los dos mapitas resultan una alegoría minimalista. Una geopolítica, un modo
de organizar mapas alrededor de secuencias de tiempos, en “presente”.
A
pesar del incesante rumor acerca de las nuevas cualidades de esta guerra, de su
deslocalización, su naturaleza invisible, la imaginación bélica reclama mapas,
fronteras, territorios. Con todo su didactismo, los mapas dicen poco y nada del
presente y el futuro de la guerra (un mapa del petróleo, en todo caso, sería
más iluminador); las fronteras nacionales no alcanzan para dibujar el rostro
del enemigo.
Estas
ambivalencias alrededor de los mapas y los territorios de la “guerra al
terrorismo” se reinscriben en el despliegue urbano de Nueva York. Se habrá
visto seguramente por TV o en los diarios el fervor de signos nacionales que
siguió al ataque a las Torres Gemelas y al Pentágono. Como pocas veces antes,
Nueva York se embanderó.
Garantías
imaginarias
La
bandera reapareció con furia circense en prendedores, ropas, estilos. Taxis y
barrios se militarizan bajo bandas y estrellas; banderas desproporcionadas
cuelgan de edificios, negocios, calles. Por su parte, tatuajes, tinturas de
pelo, ropas, hacen del cuerpo y su cosmética una declaración de pertenencia y
de territorialidad, como una suerte de apropiación camp de lo nacional (sin
que, claro, la distancia camp sea evidente para los usuarios).
La
nación y su iconografía sirvieron como código para el reconocimiento, el duelo,
y la unión afectiva de la gente que se sintió en peligro después del ataque. De
alguna forma, se nacionalizó no solo la tragedia, sino la virtualidad del
peligro, el “clima de guerra”.
Este
paisaje embanderado resulta, si no sorprendente, al menos inusual y extraño en
una ciudad que se enorgullece de su cosmopolitismo, su diversidad cultural, de
la visibilidad de los inmigrantes, y de sus signos sobre el tramado urbano. Si
toda ciudad está hecha de y por inmigrantes, Nueva York es la ciudad: un
rejunte de gente cuya azarosa convivencia sólo sigue la lógica del capital.
Ese
rejunte, ahora, circula en un escenario señalizado por banderas, y las
despliega en un ambiguo espectáculo patriótico. No sólo los árabes –esa
categorización lábil de las fisonomías de la amenaza–, para quienes una bandera
representó, en cierto momento, y quizá todavía, una suerte de garantía
imaginaria: el dueño del grocery de mi cuadra, originario de Yemen, no se
quitó, casi desde el 11 de setiembre, un gorro de lana con el escudo de la
policía neoyorquina. Así, “bromea”, no lo van a confundir con los terroristas,
cuyos rostros aparecen repetidamente en las portadas de los diarios.
Los
inmigrantes enarbolan la bandera como ritual político, haciendo público y
obvio, y cotidiano, el orden de sospecha y ambivalencia que rodea a los
extranjeros. La mímica de la nacionalidad, desde luego, es un amparo precario:
siempre se arriesga a coincidir con su propia parodia, con su propia distancia
(y, leída desde la sospecha, puede terminar desmintiendo aquello que quiere
probar).
El
sentimentalismo nacional es siempre, en este punto, una microscopía política.
Las jerarquías de los sentimientos –a quién le “duele” más el ataque, quién
tiene derecho al duelo, de quién son los muertos– se leen en la relación con
los signos nacionales, en los modos de exhibir las marcas de pertenencia.
“Una
ciudad –dice Samuel Delany– es un mapa de violencias anticipadas”. El
embanderamiento de Nueva York es no sólo un modo, seguramente necesario, de
exhibir la unión afectiva de la ciudad con el resto de la nación; es también un
modo de territorializar con signos nacionales una ciudad que ocupa un lugar
liminal en la imaginación de los Estados Unidos.
Nueva
York es un escenario de circulación global muy intensa –de dinero, de objetos,
de personas–, donde cierto ostentoso cosmopolitismo hace sentir a muchos
americanos como extranjeros. Una ciudad donde la nacionalidad nunca se
sobreentiende: uno la añade a la conversación junto al precio de la renta, el
nombre propio, los años que uno vive aquí. En semejante escenario la
proliferación de banderas aparece con la artificialidad de una ley nueva: una
interpelación a la que nadie sabe cómo responder, pero que en todo caso está
ahí para quedarse.
La
voz de la nación
El
patriotismo, como se sabe, no tiene horario. El sábado siguiente al ataque, a
medianoche, en el subterráneo, una pareja, quizá queriendo arrullar a los
viajeros con la voz unánime de la nación, o quizá tratando de exhibir su
patriotismo antes que nadie, empezó a entonar uno de los himnos patrios. El
silencio alrededor de esas voces se tornó una muralla embarazosa que la pareja
tardó en percibir; cuando ya fue evidente, ella nos miró con el gesto
reprobatorio de una maestra ante alumnos vagos, o retardados.
Un
ajuste de la mirada, un instante después, le dejó ver (quizá) que nadie cantaba
porque nadie se sabía la canción: éramos todos inmigrantes. Mejicanos, hindúes,
caribeños, argentinos compartíamos el silencio –culpable– con el mejor decoro
con el que un público educado asiste a un espectáculo irremediable –todos,
quiero creer, muertos de la risa por dentro, pero con la cautela de quien, por
no poder ostentar los signos de la pertenencia nacional, recurre al manto de la
invisibilidad, de la presencia urbana como instante y fugacidad, que es el
truco by default del subalterno.
La
violencia sofocada de la escena, en la que nuestro silencio se puede leer como
“resistencia” (voluntaria o no, da igual) pero también como condición para un
orden jerárquico en el que cristianos viejos y nuevos se distribuyen lugares en
un territorio cambiante, traduce otras tensiones en otras escalas.
La
ambivalencia alrededor de la nación y las nacionalidad es, me parece,
constitutiva del paisaje de esta guerra elusiva. Al mismo tiempo que pone en
crisis la mediación de las naciones, que fueron el aparato o la máquina de
guerra con la que nos hemos acostumbrado a pensar las matanzas “legítimas”, la
guerra contra el terrorismo no deja de invocar ni de reforzar las identidades
nacionales como el código del afecto y la violencia.
El
ataque a las Torres Gemela y, en cierto modo, al Pentágono, es un ataque a
símbolos de poderes transnacionales que tienen en “América” un centro clave.
América funciona en este sentido como un modo de articular, estratégicamente,
lógicas y retóricas de lo nacional y lo transnacional, una especie de conector
de diagramas cambiantes (y eventualmente contradictorios).
Al
mismo tiempo que un paisaje definitivamente local –a la vez neoyorquino y
americano–, el sur de Manhattan –como bien los saben los funcionarios
económicos argentinos– pertenece a un mapa global de circulación, intercambio y
dominación que no es inter-nacional sino transnacional: por encima y a través
de las naciones.
Antonio
Negri y Michael Hardt señalan insistentemente a lo largo de su libro Empire
cómo la Guerra del Golfo dispuso a Estados Unidos como “el único poder capaz de
manejar la justicia internacional, no en función de sus motivos nacionales sino
en nombre de derechos globales”. Es esa lógica, menos regulada por el impulso
imperialista de una nación que por la consolidación de un orden jurídico y
económico transnacional, lo que se despliega crecientemente como guerra al
terrorismo, en la que el enemigo, invisible, está siempre “de este lado” de una
frontera que todo el tiempo se desplaza.
Nacionalizar
ese escenario –como embanderar Nueva York, ciudad de inmigrantes, o como
disponer a Afganistán como el mapa de la guerra– es una operación que todo el
tiempo se enfrenta a su revés, o que se revela rápidamente corta de vista: el
ataque vino de adentro, precisamente porque la idea de un afuera, un exterior ,
como lo eran los bloques de la Guerra Fría, aparece cada vez más debilitado y
artificial.
Ese
“interior”, atravesado por redes de circulación y por zonas de intensidad,
construye un mapa ante el cual la nación, su iconografía y sus modos de
identidad, refuerzan antiguas fronteras del tejido urbano o instituyen otras
nuevas, pero en todo caso funcionan siempre como límite simbólico y como
jerarquía.
Las
diferencias económicas –en las que ciudadanos, residentes legales e inmigrantes
ilegales dibujan los lugares del mundo del trabajo– reciben ahora una bendición
marcial. Nueva York, ciudad de migrantes, escenifica esa tensión en las maneras
cotidianas en las que el paso y la presencia de los extranjeros se tornan
huidizos, efímeros ante los signos nacionales –y al mismo tiempo,
insoslayables.
Curiosamente,
lo que la nación no registra o no codifica es lo que la sostiene: el flujo de
capitales y, sobre todo, el de la fuerza de trabajo, los cuerpos baratos,
siempre más o menos racializados, siempre más o menos indiferentes a las
retóricas sentimentales de la pertenencia. Ese flujo, esa circulación
imprescindible se torna escenario para una proliferación de fronteras en el
seno mismo de la vida urbana. Como si las banderas, señalizando el límite
imposible entre Nueva York y el mundo, pudieran detectar el contorno de esos
enemigos erráticos, siempre demasiado próximos.
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